sábado 29 de marzo de 2008

Diario de un vagabundo. Viajando sin rumbo. Capítulo 14 (Parte 2)

Los orcos me rodearon, alzando sus temibles Vardatch y hachas de guerra; sonreían, pues sabían que mi muerte era segura... entonces a mi mente acudieron las palabras de uno de mis maestros: "Ante una situación difícil, actúa siempre de la manera que menos esperaría tu enemigo, y una vez hecho eso, adelántate a sus movimientos", y eso fue lo que hice. Todo ocurrió en apenas unos segundos, aunque fue como si el tiempo se hubiera detenido. Cuando casi estaba rodeado por ellos, dejé caer la espada al suelo y me alejé un paso. No se esperaban que hiciese tal cosa, y atónitos observaron como la espada caía contra el suelo... y aprovechando su distracción, rápido como un rayo, saqué dos dagas que llevaba ocultas debajo del cinturón, que volaron como el viento hacia dos de ellos. La fortuna estuvo conmigo, pues sendas dagas acertaron, una en el rostro de un orco, entre los ojos, y la otra en plena garganta. Entre ríos de sangre, cayeron muertos. Siguiendo el consejo de mi maestro y adelantándome a sus movimientos, mientras los orcos veían como sus compañeros caían muertos, me lanzé al suelo agarrando la empuñadora de mi espada y en un veloz giro de mi cuerpo, ensarte el filo más abajo del vientre de otro de los orcos, debajo de corta cota de malla. Un chorro de sangre empapó mi brazo. De nuevo giré sobre mi mismo, hacia atrás, encarándome contra siete orcos furiosos que cargaron contra mí. Las palabras de mis maestros acudieron a mi mente: "Utiliza la fuerza del enemigo a tu favor". Como un rayo negro, dos de los Vardatch cayeron contra mí, y me hubieran destrozado si mi rapidez no lo hubiese impedido. Pero aprovechando la furia de su golpe, con mi espada desvié uno de los pesados Vardatch en dirección al otro, y agarrando la empuñadura de mi arma con las dos manos lanzé una brutal estocada contra la cabeza de uno de ellos. Noté como el filo desgarró carne y tocó hueso y como la sangre salpicaba como si de un surtidor se tratase.
Aunque en ese preciso momento, sentí como el aserrado filo de otro Vardatch mordía mi costado, y como el dolor me atravesó quemando mi carne. Caí al suelo, todo estaba perdido, ahora sí. Acabé con cuatro orcos, toda una hazaña, pero aún quedaban seis y yo estaba herido en el suelo. Levanté mi espada para detener un posible golpe, y de repente, un chorro de sangre cayó sobre mí, seguido del cuerpo de un pesado orco. Recibí otro golpe, no sé de donde, y lo último que recuerdo de esos instantes, es caer sumido en la oscuridad mientras oía los gruñidos roncos de los orcos mezclados con los gritos de furia de un grupo de hombres.

Cuando abrí los ojos de nuevo, me encontraba en una estancia cerrada. Mis heridas habían sido vendadas. Al fondo de la habitación, inclinada ante una palangana de agua, estaba la muchacha del arroyo. Al darse la vuelta y verme despierto se sobresaltó, pero yo la sonreí, y ella pareció tranquilizarse, y me sonrió con dulzura. Ahora que pude observarla, comprobé que era preciosa y joven.

Hace varias semanas que no escribía en estas hojas, pero hoy fue un día negro... nunca lo olvidare, y es a partir de este día, cuando juré vengaza contra La Sombra. La Sombra me había arrebatado a mi familia, aunque yo nunca les conocí. Para mi, mi familia fueron los Erunsil, que siguen batallando en el lejano Veradeen. Pero hoy me arrebataron al único ser que he amado de verdad...
Durante estas semanas conviví con las gentes de este poblado; me aceptaron, parece ser que el haber salvado la vida de... Dayla, hizo que me tuvieran en gran estima. En este tiempo yo vivía en el bosquecillo cercano al poblado, no conviene alojar a un extraño, más tratándose de un fugitivo o alguien como yo. Yo cazaba para ellos de buen gusto, les contaba historias de mis viajes... y ella, ella me visitaba siempre. Nunca conocí este tipo de amor, pues este mundo no invita a ello... se trata de un amor hermoso, pero también doloroso; quizá de las heridas que he recibido a lo largo de mi vida, ésta sea la que más me duele y nunca cicatrizará.
Aquel día no tenía que haber marchado a cazar, pero de nada sirve pensar en ello. Cuando volvía, algo me alarmó, pues de lugar del poblado hacia el cielo se elevaban finas columnas de humo. Corrí hacía allí, y entonces pude verlo. Todos muertos, destrozados... todo arrasado. Al final La Sombra sabe todo lo que ocurre, y quizá el motivo de lo sucedido fueron aquellos orcos que matamos entre todos los hombres del poblado y yo.
No tengo muchos recuerdos de esos instantes, pues todo fue como un sueño, pero sí hay algo que recuerdo nítidamente y que nunca olvidaré, el momento que tuve que quemar los cuerpos de todos ellos para que no se levantaran como Caídos... incluido el mutilado cuerpo de Dayla...
Ese día aprendí una lección que no olvidaré jamás... en este mundo no puedes enamorarte, hay que ser fuerte, y la fuerza te la da el odio, no el amor.

jueves 27 de marzo de 2008

Diario de un vagabundo. Viajando sin rumbo. Capítulo 14 (Parte 1)

Ha pasado mucho tiempo desde que mis vivencias, pensamientos y reflexiones eran plasmados en las páginas de este diario... dos años quizá... no lo recuerdo muy bien. Han sido dos años tristes, en lo que he perdido muchas cosas, entre ellas, la única por la que realmente ha merecido la pena vivir en este mundo oscuro y sin esperanza. A partir de este punto, mi destino es incierto... ni siquiera me importa donde pueda ir, ni donde llegaré.
Está bien, comenzaré por el principio.
Llevaba viajando algún tiempo por las Tierras de Eren Central, sobreviviendo como podía hasta que llegué a las inmediaciones de una pequeña aldea escondida entre colinas, cerca de un arroyo. Durante un tiempo observé... y escuché. Gracias a mis cualidades, pude acercarme a la linde de la aldea sin ser visto, aprovechando las sombras y la noche. Vivían siempre con el miedo, como amigo inseparable, temerosos de que cualquier cosa pudiera llamar la atención de la Sombra.
Como muchos otros pueblos de Eren, gran parte de lo que obtenían de las cosechas y del ganado debía ser entregado a los agentes de Izrador.
Un día me econtraba no lejos del lugar, despellejando una pieza de caza que había capturado esa misma mañana, cuando oí unos gritos más abajo de donde yo estaba. Rápidamente solté la pieza, cogí mi arco y mi espada y me acerque al borde del bosquecillo que ocultaba mi presencia. Lo que ví hizo que me enfureciera; una joven muchacha de la aldea, que se había acercado al arroyo a lavar unas prendas, era agarrada por las sucias manos de un apestoso orco, mientras otro la desgarraba la ropa y otro hacía comentarios obscenos. Mientras estuve de caza, una partida de orcos lleguó a la aldea. No lo dude un instante, saqué una flecha del carcaj, la coloqué sobre el arco y disparé. La flecha silbó y cortó el viento y se clavo en la garganta del orco que la sujetaba. Cayó muerto al instante, desangrándose. Fuí entrenado por los Erunsil, los mejores arqueros de Eredane. Uno de los orcos rápidamente cogió su arma, una temible hacha de guerra. Su mirada fue hacia donde yo estaba, y corriendo se dirigió hacia mí. El último de ellos corrió en dirección a la aldea mientras gritaba en orco "¡Aquí!, ¡Rápido!, ¡Aquí!". Salí de mi escondrijo, y mientras él se acercaba yo coloqué otra flecha y disparé. El mástil voló directo a su brazo armado, pero el orco siguiendo corriendo hacia mí. Aún tenía tiempo, unos segundos; rápido como el relámpago coloqué una nueva flecha que voló directa hacia el musculuso hombro del orco. Emitió un gruñido de dolor, pero siguió avanzando hacia mí. Justo antes de que llegara, tiré el arco al suelo y desenvainé mi espada, que frenó su poderoso golpe dirigido a mi cabeza; en un rápido movimiento hice un giro y ensarté mi hoja en su costado derecho, en un resquicio donde su armadura no le llegaba a proteger. Su sangre empapó mi brazo como un reguero, aunque el orco se revolvió e intentó golpearme desde arriba con su temible hacha. Conseguí esquivar su temible golpe a la vez que liberaba mi espada. Estaba desangrándose. El odio y la furia de su mirada habría hecho retroceder a un hombre normal. Con las fuerzas que le quedaban, me envistió agarrando su arma con las dos manos; esquivé el golpe aunque éste fue más veloz de lo que pensé, y me hirió en el brazo izquierdo. Aprovechando el impulso de mi movimiento, dirigí mi espada hacia su rostro en un brutal golpe que atravesó carne y hueso, abriendo una terrible herida. Cayó muerto.
La cosa no había hecho más que empezar. De la aldea llegó un grupo de unos diez orcos, entre los que estaba el que dio la voz de alarma. Estaba perdido, pero ahora no podía huir, así que lentamente y con una calma extraña me dirigí hacia el grupo que, confiado al ver que yo sólo era uno, venía hacia mí, abriéndose para rodearme. Lo último que ví antes de que el primero me atacara, fue a la muchacha, correr hacia la aldea.

lunes 24 de marzo de 2008

Diario de un vagabundo. El pueblo nómada. Capítulo 13

Los días son largos en las llanuras de Eren. Esta tierra, tan diferente de lo que estaba acostumbrado a ver, tiene una belleza extraña, una belleza salvaje… algo difícil de explicar. Los días calurosos, muy diferentes de mi hogar en el norte.
Llevo un tiempo viajando entre los páramos infinitos. En algunos lugares, principalmente en los caminos, uno ha de tener mucho cuidado, pues las huestes de la Sombra pueden aparecer en cualquier lugar. He visto rastros de patrullas y de otras criaturas por las llanuras.

Hace poco pude encontrar uno de los últimos pueblos nómadas de medianos que habitan libres en las llanuras de Eren. Estos pueblos son principalmente pastores, pastores de rebaños de boros.


Los boros son unos grandes y robustos animales herbívoros cubiertos de un espeso pelaje entre pardo y grisáceo, y cuya características más notable son los largos colmillos inferiores que utilizan como método de defensa, y también para escarbar en la tierra en busca de raíces y brotes. Los boros que han domesticado los medianos son más pequeños que los boros salvajes.

Me encuentro conviviendo con el pueblo nómada de pastores medianos. Al principio me costó que confiaran en mí y me dejaran acompañarles, pero al final logré convencerles de que era un amigo. Quizás porque los wrags no vieron peligro alguno en mí.
Llevan una vida relativamente tranquila, aunque siempre pendientes de los posibles encuentros con orcos o trasgos, sirvientes de Izrador, que buscan esclavizar su pueblo. Por suerte los wrags cuidan de ellos. Estas criaturas, parecidas a lobos, pero de mayor tamaño conviven con los medianos como amigos y sirvientes y cuidan de ellos en todo momento. Hay quién dice que descienden de los lobos terribles de Erethor y que acompañaron a los medianos cuando éstos se asentaron por primera vez en las llanuras de Eren. Tienen un sexto sentido, posiblemente mágico que les alerta de la proximidad de enemigos y espíritus aliados de Izrador.

Los medianos son un pueblo fascinante. He aprendido tantas cosas de ellos. Me ha llamado la atención como casi todos los medianos empiezan a utilizar la magia desde muy temprana edad. Los niños aprenden sus primeros trucos cuando hablan sus primeras palabras. Parece que la magia es algo innato en ellos, pues la utilizan incluso para labores cotidianas, lo que les facilita mucho la vida. Por suerte, los adultos utilizan conjuros para ocultar el “rastro” de magia utilizada en el clan, pues bien podría llamar la atención de espíritus indeseados.

Parece que mi viaje junto a los medianos llega a su fin, pues ellos continúan rumbo hacia el este. Mi camino se dirige al norte, aunque nunca podré olvidar estas semanas que he pasado junto a ellos.

Diario de un vagabundo. Oruks. Capítulo 12

Qué diferente puede llegar a ser la vida fuera de Erethor. La relativa paz de la que uno podía gozar dentro del bosque desaparece completamente fuera de él.
Llevo varios días por las tierras de Eren del Sur, pendiente de lo que pueda encontrarme tras cada colina. En una ocasión, en lo alto de una de estas colinas, escondido tras unas rocas y unos árboles, tumbado en el suelo pude ver a lo lejos lo que parecía un regimiento de orcos que se dirigían en dirección sur. Conté unos cincuenta individuos aproximadamente. Todos armados con terribles vardacth y hachas de guerra. Al frente de ellos, dos temibles oruks.

Hablaré de los oruks en mi diario. A simple vista, el aspecto de un oruk es bastante similar a un orco, salvo que un oruk puede llegar a alcanzar los nueve pies de altura y su fuerza y constitución puede doblar la de un orco. Según las leyendas los oruks son los descendientes de los primeros cruces entre los orcos y las ogresas, siendo éstas últimas unas temidas criaturas, que ahora sólo se mencionan en las viejas leyendas.
Muchos creen que parte de la victoria final de Izrador sobre Eredane se debe al poder destructor ocasionado por los oruks entre las filas de elfos y enanos en el norte, y por supuesto al gran poder de los legendarios Reyes de la Noche.
Me he enfrentado en varias ocasiones a un oruk, en el norte, y debo decir que el recuerdo que tengo de ello es un recuerdo sangriento, pues varios de ellos casi acaban con mi vida; suerte que uno de mis compañeros pudo venir en mi ayuda.

El regimiento de orcos parece alejarse. He tenido suerte de estar escondido en un buen lugar, pues un encuentro así habría sido fatal para mí. Lo mejor será no tomar en ningún momento el camino principal. Las tierras ocupadas son muy peligrosas.
Hay una gran ciudad llamada Riesgo de Baden, muy lejos, al norte, en la costa sur del Mar de Pelluria. Una ciudad en la que nadie hace preguntas. Un lugar interesante. Aún así, me separan de dicha ciudad las vastas y peligrosas tierras de Eren central.

Seguiré mi viaje, ahora en dirección noreste, alejándome de Cambrial.

Diario de un vagabundo. La tierra de Eren del Sur. Capítulo 11

Han pasado diez días desde el capítulo del sueño mágico de las Vineraheen. He seguido mi camino en dirección este, hacia el linde de Erethor. Las Tierras de Eren del Sur ya no quedan muy lejos. En varios días abandonaré Erethor.
El bosque ha sido mi hogar durante toda mi vida, y han pasado ya dos años desde que abandoné el Veradeen. Llevo dos años vagando por los senderos de la gran floresta, dos años en los que he aprendido mucho y he visitado muchos lugares. En cierto modo me da pánico abandonar la relativa seguridad del bosque. Pero, como ya dije antes, hay algo en mí que me empuja hacia algo incierto. ¿El afán de conocimiento? ¿La búsqueda de aventuras? No lo sé. Quizá quiera ver el gran poder de la Sombra en Eredane por mi mismo, hacer algo, aunque ¿quién soy yo para cambiar nada? Sea el que sea, mi camino me conducirá por senderos peligrosos.
En mi estancia en Caradul pude informarme sobre las tierras de Eren del Sur, y sobre al ruta que iba a tomar. Es una tierra peligrosa, y tendré que andarme con cuidado. Viajar en tierra ocupada está prohibido, al igual que llevar armas. No acatar las leyes de la Sombra se paga en la mayoría de los casos con la muerte… si no con algo peor.

He llegado al linde de Erethor. Me siento abrumado, pues ante mí el bosque va desapareciendo gradualmente hasta convertirse en un páramo infinito. La vista es sobrecogedora y bella. Veo una columna de huma a unas cuantas millas de distancia. A partir de este momento estoy en las tierras de Eren del Sur. Tengo que ocultar mis armas, pues no puedo arriesgarme a viajar con ellas al descubierto. Mi diario en un bolsillo secreto.
Según mis mapas, al sur, a unas doscientas millas se encuentra la ciudad de Cambrial. Se trata de una de las ciudades de la Sombra que más poder ostenta, pues allí se encuentra uno de los mayores templos del dios oscuro Izrador. Su sumo sacerdote, Sunulael, uno de los Reyes de la Noche tiene su morada en el lugar. Acercarse allí es demasiado peligroso. He de planear cuidadosamente el camino que tomaré a través de estas tierras.

Diario de un vagabundo. El sueño del Vineraheen. Capítulo 10

Me he desviado algunas millas hacia el sur. No muy lejos, atravesando el río se halla el Pantano de los Druidas. Los Caransil me advirtieron de que no me acercara allí. En verdad el lugar no invita a ello. Desde hace varios días el paisaje ha cambiado gradualmente. Espesas neblinas cubren los pantanosos suelos. La vegetación es muy frondosa, y los arces y cipreses del pantano parecer cerrar todos los posibles caminos.
Desde el primer momento, parece que el viajero entra en un mundo que no lo necesita, un mundo lleno de brumosos misterios y de magia. No quiero acercarme demasiado, pues extrañas y peligrosas criaturas habitan en las inmediaciones del Pantano.

Según tengo entendido, en ésta ciénaga habitan unos extraños y misteriosos místicos y magos que son los encargados de entrenar a los elfos que son enviados aquí para aprender a comprender el Susurro del Bosque. Al parecer, Erethor está impregnado de la magia de los espíritus elfos. Hace tiempo leí sobre ello. Los elfos tienen un ritual muy antiguo, cuya finalidad es dar descanso al espíritu del muerto en el propio bosque, en los árboles. Así, los espíritus de los elfos pasan a formar parte de Erethor. El Susurro son las misteriosas voces de esos espíritus, que sólo algunos pueden oír. Aquellos que se entrenan en el arte del Susurro llegan a comprender esta magia y pueden ponerse en contacto con los espíritus de los antiguos elfos que descansan y protegen el bosque. Es una magia tan poderosa que incluso pueden saber lo que está pasando a más de cien millas de donde se encuentran.

He oído algo a mi espalda. Algo me acecha. Los viajeros no son bien recibidos en este lugar. Quizás lo mejor sea seguir mi camino, pues hay seres en estos lugares que es mejor no llamar su atención. Percibo un movimiento justo detrás de mí, aunque no consigo distinguir nada. Siento como una hoja que ha caído de un árbol me roza levemente. Me invade un sueño profundo y pierdo la consciencia

Me despierto, aunque simulo que sigo durmiendo para vigilar y mantenerme alerta de donde estoy sin dar señales de ello. Me encuentro solo. Solo en un lugar lejos de donde caí dormido. Ahora entiendo lo que ocurrió. La hoja que me rozó provocó que me sumiera bajo un poderoso conjuro de Sueño. Hace tiempo oí hablar de las Vineraheen o arboledas guardián. Lugares encantados de Erethor que protegen determinados lugares. Me encontraba en uno de esos lugares, custodiado por una arboleda guardián. Solo tuvo que dejar caer una de esas hojas sobre mí.
Alguien no quería de mi presencia en el lugar. Si hubiese sido un orco u otra criatura enemiga del bosque ahora estaría muerto. Sin embargo alguien me ha alejado de allí sin hacerme el menor daño.
He de decir que durante el tiempo que he dormido he tenido varios sueños. Ha sido extraño pues he visto mi antiguo hogar en el Veradeen. He visto combatir a los Erunsil cerca del Muro de Fortalezas… y ha sido muy real.

Diario de un vagabundo. Los medianos del bosque. Capítulo 9

He conocido muchos lugares y mucha gente en Erethor, a pesar de no ver más que una mínima parte de este gran bosque. Fue en mi camino hacia el este, hacia las tierras de Eren del Sur cuando me encontré con un clan de medianos que habitan en un escondido rincón de este asombroso bosque.
Hacia ya un día que notaba una presencia. Alguien me estaba siguiendo. Alguien me estaba vigilando, pero no eran elfos. Al parecer crucé un territorio que alguien consideraba su hogar. Una flecha se clavó justo delante de mí, a apenas un metro. Era una advertencia. Estoy seguro de que fuera quien fuese el que disparó esa flecha, si hubiese querido me habría dado. En ese momento me quede quieto, con las manos en las empuñaduras de mis espadas, atento, alerta. Oí el ruido de una rama, apenas perceptible, y mis ojos se clavaron en la pequeña silueta. Enseguida escuché pronunciar unas palabras en una tosca lengua comercial, “vete de este lugar intruso”. Instantes después, aparecieron más siluetas de entre los árboles y las ramas. Eran medianos. Todos ellos llevaban arcos, y estaban apuntándome con ellos. No podía hacer nada, así que dije, en lengua mediana, que no era un enemigo, que tan solo quería atravesar la región en paz. Parecieron sorprenderse al oírme hablar en mediano.
“Bajad los arcos”. Las palabras surgieron de una silueta que apareció entre los árboles… y que se acercaba a mí sin ningún temor. Era más alto que un mediano, pero más bajo que un elfo o un hombre. Se trataba de un elfiano. Un ser mitad elfo y mitad mediano, algo poco usual. Iba vestido con unos viejos ropajes pardos y se apoyaba en un bastón. Todos los medianos bajaron los arcos a su orden. Parece que se trata de líder del clan. Después dijo unas palabras que me dejaron sin habla: “El Bosque me ha hablado de este hombre. Me anunció su llegada” dijo en voz alta. Después se dirigió a mí, “Bienvenido, pues te estábamos esperando”.

Este clan de medianos, formado por poco más de veinte miembros, lleva viviendo en Erethor más de cuarenta años. Al parecer, se trata de un grupo de supervivientes que antes de venir aquí, vivían en las llanuras y páramos de Eren. Su pueblo fue masacrado y arrasado, al igual que los rebaños de boros que cuidaban. Perdida toda esperanza de supervivencia, un día un ser se presentó ante ellos como una especie de profeta. Se trataba del elfiano. El elfiano les prometió una vida mejor en el bosque, lejos de la guerra. La búsqueda de una tierra prometida.
Desde entonces, este clan de medianos ha vivido relativamente en paz.

Han pasado varios meses desde la última vez que escribí en mi diario. Durante este tiempo he convivido con Guildoran, el elfiano, y el grupo de medianos. He aprendido muchas cosas de ellos, y yo les he enseñado muchas cosas.
Aún recuerdo como si fuera ayer el primer día que pasé con ellos. Les costaba confiar en mí, pero Guildoran les calmó. los hogares de este clan de medianos están oculto a la vista de cualquier intruso. Lo que a simple vista puede parece una madrigera escondida entre los arbustos y las plantas, es en realidad una galería excavada magistralmente, y que se adentra en el interior de la tierra. La primera vez me costó trabajo entrar por ella, y no estaba muy seguro de lo que me iba a encontrar, pero cuando llegué al final del pasadizo, donde había unos escalones tallados en la roca, mis ojos se abrieron sobremanera, al ver lo que había tras una puertecilla de madera. Un gran salón escavado bajo el suelo y provisto de todo lo necesario para vivir cómodamente. Mesas, estanterías, sillas, provisiones, armas... incluso un pequeño sumidero de agua que aprovechaba un arrollo subterráneo.

Durante este tiempo conviví con Guildoran en su hogar. Me contó sus visiones. Me contó que hace tiempo vio en sueños una tierra prometida, lejos de la oscuridad de la Sombra, más allá de Erethor. Me habló de mi llegada. Un hombre que vendría de muy lejos y que les mostraría el camino. En realidad no sé muy bien a qué se refería. Como ayuda, les mostré y dibujé varios mapas con los caminos y senderos ocultos que conozco del bosque. Quizás se trate de otro hombre…
El clan de medianos del bosque ha encontrado una nueva vida en este apartado rincón del bosque. Quizás es ésta su tierra prometida, a salvo de la Sombra… por el momento.