Aunque en ese preciso momento, sentí como el aserrado filo de otro Vardatch mordía mi costado, y como el dolor me atravesó quemando mi carne. Caí al suelo, todo estaba perdido, ahora sí. Acabé con cuatro orcos, toda una hazaña, pero aún quedaban seis y yo estaba herido en el suelo. Levanté mi espada para detener un posible golpe, y de repente, un chorro de sangre cayó sobre mí, seguido del cuerpo de un pesado orco. Recibí otro golpe, no sé de donde, y lo último que recuerdo de esos instantes, es caer sumido en la oscuridad mientras oía los gruñidos roncos de los orcos mezclados con los gritos de furia de un grupo de hombres.
Cuando abrí los ojos de nuevo, me encontraba en una estancia cerrada. Mis heridas habían sido vendadas. Al fondo de la habitación, inclinada ante una palangana de agua, estaba la muchacha del arroyo. Al darse la vuelta y verme despierto se sobresaltó, pero yo la sonreí, y ella pareció tranquilizarse, y me sonrió con dulzura. Ahora que pude observarla, comprobé que era preciosa y joven.
Hace varias semanas que no escribía en estas hojas, pero hoy fue un día negro... nunca lo olvidare, y es a partir de este día, cuando juré vengaza contra La Sombra. La Sombra me había arrebatado a mi familia, aunque yo nunca les conocí. Para mi, mi familia fueron los Erunsil, que siguen batallando en el lejano Veradeen. Pero hoy me arrebataron al único ser que he amado de verdad...
Durante estas semanas conviví con las gentes de este poblado; me aceptaron, parece ser que el haber salvado la vida de... Dayla, hizo que me tuvieran en gran estima. En este tiempo yo vivía en el bosquecillo cercano al poblado, no conviene alojar a un extraño, más tratándose de un fugitivo o alguien como yo. Yo cazaba para ellos de buen gusto, les contaba historias de mis viajes... y ella, ella me visitaba siempre. Nunca conocí este tipo de amor, pues este mundo no invita a ello... se trata de un amor hermoso, pero también doloroso; quizá de las heridas que he recibido a lo largo de mi vida, ésta sea la que más me duele y nunca cicatrizará.
Aquel día no tenía que haber marchado a cazar, pero de nada sirve pensar en ello. Cuando volvía, algo me alarmó, pues de lugar del poblado hacia el cielo se elevaban finas columnas de humo. Corrí hacía allí, y entonces pude verlo. Todos muertos, destrozados... todo arrasado. Al final La Sombra sabe todo lo que ocurre, y quizá el motivo de lo sucedido fueron aquellos orcos que matamos entre todos los hombres del poblado y yo.
No tengo muchos recuerdos de esos instantes, pues todo fue como un sueño, pero sí hay algo que recuerdo nítidamente y que nunca olvidaré, el momento que tuve que quemar los cuerpos de todos ellos para que no se levantaran como Caídos... incluido el mutilado cuerpo de Dayla...
Ese día aprendí una lección que no olvidaré jamás... en este mundo no puedes enamorarte, hay que ser fuerte, y la fuerza te la da el odio, no el amor.






